Un día de verano

 

Rosa Gamero Arévalo

Desde lo más alto de la montaña, si te inclinabas un poco por el acantilado. Podías divisar la playa.

El paisaje parecía lunar, por los pequeños cráteres que los campesinos hacían en las montañas para plantar aguacates y mangos, con la esperanza de que la tierra los aceptaran y dieran los frutos tan deseado, estando convencidos de que el clima de la costa del sur era igual que el del Caribe.

Sin duda era un bonito día de verano.

La brisa de la mañana, el agua quieta, cristalina, iluminada tímidamente por los rayos del sol haciendo que se despertase del letargo de la noche. Los barcos desplegaban sus velas sobre el cansado límite de la azul lejanía.

Recuerdo como te acercabas por la espalda mientras mis manos sujetaban la taza de café que a pequeños sorbos sentía su sabor amargo e intenso, ese café que con tanto cariño me preparabas todas las mañanas desde que llegue a tu vida, “por sorpresa “como tú me decías. Besabas mi hombro derecho haciendo que ladease la cabeza para ofrecerte el izquierdo, y recuerdo como te reías cuando te decía: “el izquierdo, mi amor, el izquierdo también que si no siente celos”.

Era entonces cuando tus ojos suplicantes me pedían una sonrisa haciendo que mis labios se posasen en los tuyos.

El café hoy es tan amargo que ni 6 cucharadas de azúcar han podido endulzar.

La realidad de aquellos días se aleja, como el barco velero, ¿recuerdas?, el del horizonte, el que desplegaba sus velas…que cada vez el punto era más diminuto, hasta que se difuminaba y parecía que lo hubiese engullido un gran pez llevándoselo a las entrañas de la mar.

Cierro los ojos, veo la playa, el paisaje lunar, el acantilado, el azul del mar….y es tan nítida, tan prodigiosa que ni las lágrimas que inundan mis pupilas me impiden buscar tus manos en el crisol oscuro de mi alma.

Rosa Gamero Arévalo es miembro de la Unión Nacional de Escritores de España.