Un día en primavera

 

Carmenza Lemos Ramírez

El hombre giró de improviso y tomó la carretera que los llevaría hasta el terreno.

Un manto de flores, de varios colores cubría toda la parcela. El marido refunfuñó al ver que el monte había crecido muy rápido, pero ella, amante de la naturaleza se bajó del coche diciendo:

_ ¿De qué te sorprendes, amor? Si estamos en la estación más linda del año ¡La primavera! Y echó a andar fotografiando sin parar una y otra vez los coloridos ramilletes.

Sin darse cuenta se fue alejando más y más. Atravesó el portón que daba al otro camino. Era como si una fuerza irresistible la arrastrará hacia un lugar específico. Alejandro, ensimismado en sus proyectos iba de un sitio a otro pensando donde sembrar las semillas, y de momento no se percató de la ausencia de su mujer, a pesar de que cuando llegaba a aquel sitio se quedaba extasiado viéndole el rostro de felicidad.

Cuando la chica cayó en cuenta de que llevaba varios kilómetros andando, no sabía el tiempo exacto que había transcurrido. Estaba en un paraje desconocido; el canto de las aves era celestial, al igual que el ruido que hacían los pajaritos volantones con sus alitas, al tratar de coordinar el movimiento. El camino de tierra por donde transitaba, era recto en medio de arbustos que nunca había visto hasta entonces y parecía como si tuvieran más de cien años; siguió caminando de frente. De pronto se le antojo ver una línea rojiza; la cruzó, y en ese instante dejó de escuchar el ruido del bosque y el trinar de los pájaros; se dio la vuelta y para su sorpresa, lo que vio fue un monte tupido cubierto en su totalidad de flores, las cuales parecía que movían sus pétalos indicándole que se alejara de inmediato. No podía regresar, pues la vegetación era espesa y compacta: los árboles, arbustos y maleza habían crecido muy juntos dificultando el paso; además la luz solar estaba limitada y no llegaba al suelo debido a la cobertura tan alta de la flora. Se pellizco varias veces por si acaso estuviera soñando, pensó incluso, que estaría teniendo una alucinación y entonces, se sentó en un tronco y con los ojos cerrados buscó en los bolsillos una pastilla para la tensión alta, con la esperanza de que, al tomarla, después de un rato tal vez le pasara la tontina.

El silencio repentino y absoluto era continuo, indicando que algo andaba mal: podía ser por falta de vida en el bosque lo cual descartaba, o que un depredador superior se estuviera moviendo por la zona y acallara el ruido de los animales, o en fin cualquier otra amenaza. Se puso en modo alerta: los músculos del cuello, hombros y mandíbula, se le tensionaron; la respiración empezó a ser más rápida, mientras sentía un nudo formándosele en el estómago.

Por fin abrió los ojos muy despacio, miró a un lado y a otro, pero todo seguía igual. Entró en un estado de hipervigilancia. Con una sensación de estar al límite se levantó y al hacerlo su cuerpo ya estaba preparado para luchar o huir llegado el caso.

Estaba mirando fijamente hacia el monte, imaginando el sendero, cuando un ruido a su espalda producido por el chasquido de muchas patas, y alas de mariposas, la sobresaltó. Se giró con brusquedad y vio un sinnúmero de estos insectos que se encontraban en ambas orillas del camino, había de varios colores: blancas, azules, violetas, amarillas, rojas, negras, marrones… recordó que eran los colores que tenían las flores que la esperaban en su terreno. Cuando pequeña escuchaba a las indígenas que trabajaban en la casa de sus padres, hablar del significado de ellas: Transformación y cambio, buenas noticias, mensajeras espirituales; se quedó con lo último pues decían que eran almas del más allá o almas de ancestros visitando a sus seres queridos en momentos complicados. Y vaya que, los estaba viviendo. ¿será eso cierto? No, no puede ser, eran cuentos de las chicas para asustarnos, se dijo.

 Pensó en su marido que estaría buscándola desesperado; sus ojos se llenaron de lágrimas y empezó a llorar. Sacó el móvil para llamarlo, pero la pantalla estaba totalmente negra, es más el aparato se apagaba y reiniciaba en sus manos, al final lo guardó, porque el dispositivo se calentó excesivamente, igual que si le estuviera dando un intenso uso.

Por un momento recordó a su perro. Si no hubiera muerto estaría con ella, era el compañero en sus paseos diarios. Como si lo hubiera llamado escuchó su ladrido a lo lejos y en menos de cinco segundos el animal venía saltando hacia ella; sin pensarlo dos veces corrió a su encuentro y lo tomó en brazos. Sintió la tibieza y suavidad de su cuerpo, la mascota le recostó su cabecita en el pecho, como hacia antaño; luego saltó al camino y moviendo la cola se adelantó un poco con la intención de que lo siguiera. Una mariposa de color azul se posó en su hombro izquierdo; creyó escuchar que la animaba a seguir al canino. Vaciló por un momento, pero luego echó a andar detrás del crío, como lo llamaba de vez en cuando. Las mariposas los rodearon mientras continuaban la marcha.

De un momento a otro volvió a escuchar los ruidos del bosque y los insectos se dispersaron volando muy rápido y dejando tras de sí un rastro de pequeñas escamas, similares al polvo. Paró en seco y dando la vuelta despacito miró hacia atrás y descubrió que el monte había desaparecido. En su lugar volvía a estar el camino bordeado de árboles por donde había transitado.

Llamó a Lucas, su perro, que se había echado en medio del sendero; el animalito levantó las patas delanteras y las puso en los antebrazos de la mujer, mientras él se estiraba; ella sonreía emocionada, acariciándole las orejas, pero en ese momento escuchó a lo lejos la voz del marido que la llamaba. El perro desapareció.

Ella no dijo nada; quizás había pasado a otra dimensión... o tal vez no.

A veces pasan cosas que no tienen ninguna explicación.

Alguazas, 15 de mayo de 2026