Un fin de semana romántico

 

Veronika Gau

Sheba temía de antemano las expectativas de su novio cuando salían de fin de semana. Sin comprender el por qué, los planes románticos la agobiaban.

En el camino a Chipiona, un pueblo costero al sur de España, la pareja conversaba sobre temas inocentes, evadiendo los asuntos que durante los últimos meses habían quedado pendientes y cuidadosamente silenciados. No obstante, lo oculto se hace visible de forma inesperada.

Entonces, ¿qué vamos a hacer este finde? Aprovecharemos a tope la habitación del hotel, ¿no? —Arturo la miró con picardía.

Ella guardó silencio. Sintió los latidos del corazón subir hacia la garganta. Calor y náuseas repentinas. No pudo evitar el malestar físico. Falló el intento de sonreir.

Acostumbrado a recibir calabazas silenciosas de su amada, Arturo siguió la conversación sin reaccionar a su evidente incomodidad. Llevaban 7 años de relación, eran amigos, hermanos del alma y amantes. Al menos lo intentaron. Mucho antes de enamorarse, Arturo era consciente de que no iba a ser fácil. Había presenciado el sufrimiento de ella cuando se divorciaba de aquel hombre. Supo que Sheba cargaba con mucho dolor. Aún así, no perdió la esperanza de que ella iba a encontrar el camino hacia él. 

Arturo no es así, no es como mi ex. No es necesario ponerme nerviosa. Lo amo, confío en él. Estoy  a gusto en su compañía. ¿Qué demonios me pasa? ¿Por qué es ese estado de alerta? —Sheba intentaba calmarse. De nuevo sintió el fuerte pálpito del corazón, de nuevo estaban ahí las imágenes de violencia, de nuevo se sintió con ganas de salir corriendo.

A pesar de sus esfuerzos, no pudo evitar las sensaciones físicas. No pudo evitar las voces que retumbaban en su cabeza. No pudo callarlas: unas decían que no valía fallarle de nuevo a su amado; otros levantaban púas de erizo contra él. No tenía que aguantar la presión "del hombre". Ella no era un objeto, eso no era amor...

Venga ya, ¡calláos! Dejadme estar, ¡dejadme disfrutar de una vez! —Valentina no pudo ganar la lucha contra sus monstruitos, como llamaba a esos seres que vivían en su cabeza.

—¿Estás? —Arturo la sacó de su discurso interno.

—¿Qué? —Valentía tuvo la sensación de que la acabasen de despertar. —Perdona, me acabo de dar un paseo por las nubes.

—Ya, te he visto con la mirada perdida.

La pareja se encontraba en la habitación del hotel, desnudos, tumbados el uno sobre el otro en la cama. Otra vez había ocurrido.

Arturo se echó al lado de ella, emitiendo un profundo suspiro de desesperación.

—Lo siento  —susurró Sheba, sintiéndose culpable. Ambos se quedaron mirando el techo. No era momento de palabras.

Tienes razón con lo que dijiste el otro día. —Ella rompió el silencio.

—¿Qué dije? —replicó él, aún molesto por la situación.

—Que tengo un problema con el sexo.

Arturo respiró profundamente y se giró hacia ella.

—Voy a necesitar ayuda —articuló Sheba, con tono suave, pero firme.

Él la abrazó y enterró su rostro entre los pechos de su amada. Ese lugar cálido era su hogar. Su oasis. Momento de derretirse. Eternidad.

—Te amo. Lo siento. Te amo. — Ella lo rodeó son sus piernas y brazos.

Él sintió su corazón latir. Sintió su amor. Su desesperación. Su dolor.

En ese mismo instante, cuando se fusionaron dos corazones heridos, Arturo pudo el derrumbarse en llanto.

Iba a ser el comienzo de una nueva etapa.