Un nuevo amanecer

 

Carmen Pérez Ballesteros

Esa mañana, los recuerdos pasaron por mi mente, recuerdos de años atrás que de vez en cuando volvían como visiones instantáneas, demostrándome un camino sin terminar.

Ruth, mi mejor amiga, después de finalizar sus estudios, se fue a Londres para trabajar en una importante empresa donde sus investigaciones habían tenido éxitos muy importantes.

La amistad no la habíamos perdido, nos llamábamos e incluso viajábamos y nos veíamos. Por el contrario, mi trabajo no salió de mi ciudad, seguía en casa de mis padres y francamente, me gustaba la idea, estaba cómoda, aún no me había llegado el hombre de mi vida y mis conocimientos cada día eran mayores, por lo que era feliz. En realidad habíamos encontrado la estabilidad aunque los acontecimientos posteriores hicieron cambiar nuestra manera de pensar.

Nuestro profesor, John ya tenía una cierta edad, pero continuaba con sus libros referentes a las teorías acerca de la humanidad. Era un científico muy afamado y tampoco perdimos su amistad.

Me acordaré mientras viva. Era primavera, a las doce del mediodía comenzamos a comer y una llamada telefónica hizo cambiar la tranquilidad y la paz en aquellos días. Una llamada de Ruth y del profesor me intranquilizó y lo único que se me ocurrió fue decir a mis padres que me iba a Londres una vez que hablara con mi jefe para pedir esas vacaciones que nunca me había tomado.

Les pregunté a Ruth y John el por qué de tanta prisa, ya tenía que ser algo importante para que me pidieran ir con tanta prisa a Londres. Pero Ruth y tan solo me dijo:

--Tranquila que estarás acompañada y segura.

No entendí sus palabras, ni sabía lo que me pretendía decir, pero siempre había confiado en ella. Me fui en tren, me gustaban esas estaciones tan bien hechas con sus antigüedades en las paredes; no me molestaba que mi viaje fuera largo en el tiempo. Me propuse cenar, le pedí al camarero que me pusiera algo de pescado y guarnición y pensé leer un poco, cuando un ruido me puso en alerta. Me asomé por el gran pasillo y no vi a nadie, pero al darme la vuelta, vi sentado a un hombre, con el cabello blanco por los hombros, aunque sus rasgos no eran de una persona mayor, al contrario, reflejaba un rostro joven. Mi asombro fue mayúsculo. No podía pensar cómo lo había hecho.

Quise hablar con él y con una expresión un tanto sorprendida le pregunté cuál era el propósito de su visita y de cómo había entrado… Por la puerta era totalmente imposible. El hombre me contestó para mi asombro.

--¡Hola, Elisabeth!-. Me dijo con voz dulce y armoniosa--. Me pidieron que había que protegerte y aquí estoy para que no te suceda nada malo.

No me había contestado a lo que yo le había preguntado. Le aseguré que no creía que me fuera a suceder nada malo, al menos no sabía a lo que se refería. Le volví a preguntar que cuál era el motivo de su presencia. Él sonrió y me contestó:

--Soy Ralf, me mandó John para que te acompañara hasta llegar a Londres.  Es una ciudad un tanto peligrosa y John pensó que sería lo mejor.

La idea de viajar con alguien que no conocía me resultaba incómoda pero pensando que era algo impuesto por John, deduje que algún motivo tendría.

El viaje se hizo corto, a parte de que Ralf contaba cosas graciosas y asombrosas. Aquella noche escuché varios ruidos extraños, como pasos que se paraban en mi puerta y algunos cristales rotos o al menos eso me pareció. Al día siguiente, pensé que había sido todo un sueño, pero ahí estaba, sentado Ralf en la otra litera; aquella persona que desconocía seguía allí, aunque debo decir que me sentía muy bien con él.

Llegamos a la estación y siempre lo diré, me gustaba su construcción. Esos pilares, me motivaban en mi profesión de restauradora e historiadora.

Estando sumida en mis pensamientos, Ralf me advirtió de que John se encontraba en la puerta para recogernos. Miré por los alrededores  por si Ruth había venido también, pero no llegué a verla. Nos saludamos con gran alegría y me fijé en ese instante en que los ojos de Ralf tan azules brillaban con una notable luz mientras nos miraba. Estábamos ya en el coche de John, bastante cansados y con ganas de tomar algo caliente; el viaje había sido largo y el hambre comenzaba a aparecer.

Le pregunté a John:

--¿ Y Ruth ¿, me ha extrañado que no hubiera venido contigo.

Me respondió que estaba trabajando en un proyecto muy importante y no podía dejarlo a medias. Me extrañó, ya que no sabía a qué proyecto se refería. Sin más, nos pusimos en marcha para llegar a la casa del profesor.

Las calles eran un tanto oscuras, y veía la situación rara; observaba a Ralf y mi impresión era un tanto desconcertante. Se trataba de una persona peculiar y había algo en él que no podía entender… Sus ojos tan azules y brillantes, su piel más bien blanca, su cabello tan blanco… Me resultaba guapo, pero había algo extraño que no sabía cómo expresar. No podía imaginar lo que iba a descubrir después de aquél día, fue tan increíble……..   

Fragmento del capítulo II del libro Un nuevo amanecer, de Carmen Pérez Ballesteros.

La autora es miembro de la Unión Nacional de Escritores de España.