El teatro existencial de la cárcel posee sus obseciones propias. La libertad es la obseción diaria de cada recluso. Algunos la esperan con más paciencia que un Job antillano. Otros la necesitan a la desesperada, con una urgencia vital, como la sangre precisa del óxigeno. Por eso, aunque fugarse de una prisión resulta siempre “un deporte de altísimo riesgo”, nunca faltan osados.
Hoy el telón de la vida se levanta para mostrar algunas evaciones sin ficción, aunque parezcan inverosímiles, cinematográficas. Como suele ocurrir con la realidad, esa travieza que acostumbra a superar a la imaginación más prolífera.
Cuando conocí a Mola ya era famoso por sus fugas capaces de bordear la muerte. Decir que es negro, alto y delgado son aspectos que apenas lo dibujan. Sería necesario agregar que cuenta con la agilidad y fereocidad de las panteras; aunque, para ser justo, se debe añadir que en su mirada persiste una ternura oculta, avergonzada de una bondad que contradice su curriculum de violencia delictiva.
La mayor similitud entre las artes escénicas y el arte de evadirse de una prisión, son esos actos de magias que lo asemajan a un Houdini sin suerte, o a un David Coprefild del infortunio. Y Mola había realizado la proeza de su magia penitenciaria y fugitiva en siete ocasiones. A veces por unas horas, otras por varias semanas; incluso, en una ocasión, para apresarlo tardaron un año.
La octava vez yo vivía a dos celdas de él. Eran las tres y diez de la madrugada cuando escuché los primeros disparos. Al poco rato los guardias irrumpieron en nuestro destacamento y comprobaron que Mola y otros seis presos eran los protagonistas de una escapada para ilusos. Antes del amanecer ya sabíamos que habían capturado a cinco. Entre ellos no se hallaba el negro ágil como una pantera.
A Mola lo arrestaron una semana después.
Pero su quinta evasión resultó ser su fuga de leyenda. Su acto de magia mayor. Su casi milagro. Más propio de un santo afrocubano y bíblico que de un delincuente sin tregua.
Lo cierto es que por razones sentimentales, el fugitivo Mola, a pesar de ser buscado por decenas de policías, visitó a su hermana. El negro, violencia y ternura, cargaba a su sobrina de cuatro años, al tiempo que ocultaba un revólver bajo la camisa. En eso irrumpieron los guardias empuñando sus armas. Mola apartó a la niña e intentó sacar su revólver, pero un oficial fue más rápido y le disparó de cerca. El proyéctil lo impactó en el tórax, y la pantera humana se desplomó.
Los guardías lo llevaron al hospital. Entonces se obró el milagro. Como quien extrae la resurrección del bolsillo, Mola se bajó del patrullero sin ayuda de nadie. La sangre anegaba su camisa, y no se trataba de un truco de cine. Los policías se miraron incrédulos; y a estas alturas nadie cree en Superman ni en Cuba ni en el mismísimo Kripton.
Cuando le limpiaron el pecho ensangrentado lo inverosímil resultó comprensible. El tórax de Mola mostraba dos orificios. La bala había tropezado con una costilla, desviado su rumbo de muerte y salido de nuevo a la vida. Después de esta experiencia Mola se escapó tres veces más. Sin dudas era un hombre de suerte escasa para la libertad. Siempre lo atraparon. Mas siempre con vida, como si fuese una pantera negra e inmortal.
En el teatro de la vida la libertad es una obseción sublime y peligrosa. Algunos la defienden a precio de vida; otros no, porque los miedos son eslabones fuertes. Mas no es necesario ser un preso, común o político, para añorarla, para luchar por ella.
No importa si se perdió en un juicio injusto o si la extravió la Patria en uno de esos traspiés que impone la Historia. Lo importante es que cada día, mientras se levante nuestro telón vital, estemos dispuestos — como cantara Paul Eluard – a tornar en realidad sus versos:
Y por el poder de una palabra
Vuelvo a vivir.
Nací para conocerte
Para nombrarte
Libertad.
Ricardo González Alfonso está galardonado con el escudo de oro de la Unión Nacional de Escritores de España.
