Vigilantes del mar

 

Luis Amat Vidal

El trayecto hasta la galeota fue lento. Las dos mujeres que la acompañaban, una mayor y la otra joven que, según comentaron, eran madre e hija, no paraban de observarla.

—¿Es tuyo el niño? —preguntó la de mayor edad.

Nayla se quedó mirándola unos instantes y contestó:

—¡Sí, es mi hijo Farid! —pronunció su nombre al tiempo que descubría la cabeza del pequeño.

Era la primera vez que lo afirmaba en público. Manel había dejado de existir para ella.

Los tres compañeros de Nayla eran moriscos fugitivos que habían pagado una buena cantidad para escapar a Argel. Uno de los hombres, bastante mayor, dijo que era de Mutxamel. Los otros dos, más jóvenes, procedían de Elche. Las mujeres venían de Val de Gallinera. Todos vestían al modo musulmán, pero con ropa sucia y ajada. Habían tenido que caminar muchos kilómetros para llegar hasta L’Alcodra y poder embarcar.

A Nayla el recorrido hasta la nave le pareció interminable, pues temía que el cayuco pudiera ser descubierto, aunque las fuerzas militares de la ciudad, que residían en el castillo, sobre el monte Benacantil, estuvieran lejos.

Poco a poco, fue agrandándose ante su vista la silueta de la embarcación, hasta que la alcanzaron. Tenía los remos recogidos, las velas plegadas y una escalera de cuerda sujeta a la borda que llegaba hasta el nivel del agua. Por ella subieron los pasajeros de la barcaza. El niño fue izado en una especie de capazo sujeto por un cabo.

Según accedían a cubierta, eran recibidos con dos besos en la mejilla y las palabras «¡Alá misericordioso os guarde!».

La galeota era de dos mástiles. Nayla observó varias bombardas dispuestas a babor y estribor. Contó diecisiete remos por banda, con un hombre en cada uno. Supuso que esa chusma pestilente estaba formada por cristianos capturados en las diferentes incursiones a lo largo del Mediterráneo.

Les hicieron comparecer ante el patrón del barco, un moro fornido, con poblada barba y que vestía una chilaba a rayas marrones ceñida con un cinturón de cuero del que pendía su sable. Le faltaban dos dedos de la mano derecha, quizá perdidos en algún abordaje.

El marino tenía constancia de los tres hombres y las dos mujeres, de quienes había recibido las correspondientes bolsas con monedas como pago del viaje, pero ignoraba que una joven con un niño también iba a subir a bordo. Tuvo que informarle uno de los tripulantes del falucho, que había sido avisado por Usaim. Fue él quien entregó una nueva bolsa de parte de Ginés Llop, al que el moro conocía bien.

—¡Alá sea con vosotros! ¡Nos volveremos a ver en la próxima luna nueva! —fue la despedida a los moriscos que volvían a tierra

A continuación, tras la orden de partir, el cómitre comenzó a marcar el ritmo de los remeros, que iniciaron la boga camino del puerto de Argel. 

El individuo al mando, a quien llamaban Maluk, iluminó con un farol a Nayla ante su inesperada subida a bordo. El moro quedó impactado por la hermosura de su rostro bajo la tenue luz. 

—Debes de ser importante, a juzgar por la bolsa que he recibido para pagar tu viaje. Y más, sabiendo que ha sido Ginés Llop en persona el que se ha encargado de tu traslado a Argel con el niño. ¿Puedo saber quién eres?

—Me llamo Nayla. Necesitaba huir porque estaba en peligro la vida de mi hijo. El señor Ginés me ha ayudado.

—¡Ja, ja, ja! —Maluk rio a carcajadas—. ¡Imagino el precio que has tenido que pagarle! ¡Supongo que lo cautivaste con tu belleza! ¿No fue así? ¡Ja, ja, ja!

—¡Déjame en paz! Ya has recibido una buena bolsa, así que calla. 

—¿Qué ocurre con tu hijo? ¿Por qué dices que estaba en peligro? —preguntó al arrebatar la criatura de los brazos de Nayla.

—¡Devuélveme al niño! —gritó la joven mientras se abalanzaba sobre Maluk al tiempo que dos marineros la sujetaban. 

Farid lloraba con desconsuelo a causa del forcejeo y Nayla contempló, sin poder evitarlo, cómo el patrón lo desnudaba de cintura para abajo. Después, iluminó su pene con el farol.

—¡Este niño es cristiano! ¿Qué estás ocultándome? —gritó Maluk.

—No te oculto nada. Es mi hijo, se llama Farid. Nada más nacer, me lo arrebató la familia a la que servía como criada. No podían tener hijos y robaron el mío para paliar sus ansias de paternidad. ¡Pero es musulmán! ¡Te lo juro por Alá!

—¡Debe ser circuncidado antes de llegar a puerto! —aseguró Maluk.

—¿Aquí? —Se angustió Nayla.

—No temas. Tengo gente experta. No es la primera vez. Tu caso no es el único, por desgracia; esos perros cristianos se creen dueños hasta de nuestros hijos.

Maluk llamó a uno de los tripulantes, quien desinfectó un pequeño y afilado cuchillo en uno de los fuegos de a bordo. Luego, sujetaron al niño entre dos moros y, sin pensarlo dos veces, le cortó el prepucio. Farid era puro llanto. Cayó un chorro de sangre y la herida fue cauterizada al echar sobre ella unos polvos blancos. Tras envolver el pene con un pedazo de trapo, devolvieron el niño a Nayla.

—Ahora ya no tienes nada que temer. Tú y tu hijo, con la protección de Alá, podréis ser libres cuando lleguemos a tierra —prometió Maluk.

Nayla se acurrucó en la proa con Farid, apoyada en unos barriles junto a varios cabos. El silencio solo se rompía con los mazazos del cómitre y el chapoteo de los remos al caer al agua y deslizarse a través de ella para mover la embarcación.

El potente olor a salitre la inundaba y el mar le pareció una informe masa negra carente de horizonte sobre la que brillaban las estrellas mostrándole el camino. Al amanecer, según le aseguraron, ya se divisarían las costas de Argel.

Fragmento de la novela "Vigilantes del mar", de Luis Amat Vidal.